|
En las décadas siguientes a la II Guerra Mundial la humanidad vivió el periodo de crecimiento económico y expansión del bienestar más intenso de la historia. La democratización en el acceso a la Universidad, que algunos valoraron como una traición a la Institución, fue una de las claves de este periodo que permitió la consolidación de una clase media comprometida con los valores ciudadanos y la progresiva igualdad de las mujeres.
Este importante proceso no alteró de manera significativa la homogeneidad del público de las universidades; jóvenes con dedicación a tiempo completo que recibían una formación inicial de larga duración con una orientación profesionalizante soportada en el monopolio de la legitimidad de los títulos oficiales. Las funciones de la formación de las nuevas elites globales, desarraigadas de sus territorios, fueron asumidas por el mercado universitario anglosajón legitimado en este caso por los rankings internacionales.
En una sociedad en “shock” como en la que vivimos, en la que el acceso equitativo al aprendizaje durante toda la vida se ha convertido en el eje de cualquier proyecto democrático, y en la que las posibilidades de acceso a la información se han diversificado de manera incontrolable, surge una pregunta esencial para el futuro de la institución universitaria, ¿quién tiene derecho a acceder a la Universidad?
Mantener la homogeneidad actual o abrirse a nuevos públicos. La primera respuesta tiene el riesgo de la marginación, la segunda la de una transformación en elementos esenciales muy difícil de compatibilizar con la situación actual de muchas universidades. |