|
En un momento en el que se cuestionan de manera abierta los valores de la democracia, en el que desde una ignorancia arrogante se construyen realidades que circulan a mayor velocidad que las constantes de la ciencia, en el que los nacionalismos desconocen la fraternidad, en el que los triunfadores miran con condescendencia, cuando no con desprecio, a los que fueron sus semejantes, en el que la tecnología sirve sin escrúpulos a la concentración del lucro y al control social.
En un momento en el que los ignorados extienden su dolor desde el rencor populista poniéndose en manos de políticos amorales; hoy, es razonable preguntarse, ¿dónde está la Universidad?, la Universidad con mayúsculas. La institución que en los dos últimos siglos aplanó la pirámide social como nunca antes había sucedido, que trabó intereses públicos y privados para crear el conocimiento que mejoraría las condiciones y la esperanza de vida hasta límites impensables en generaciones anteriores, que anidó y expandió el feminismo y la responsabilidad ecosocial, que construyó una cultura de paz cosmopolita, que en definitiva defendió y extendió los valores que configuran la dignidad humana. Una Universidad que creyó como ninguna otra institución en la capacidad emancipadora de la educación y en la convivialidad. Una Universidad que ilusionaba al mundo. Averiguar dónde está, pero sobre todo, dónde quiere estar la Universidad se ha convertido en una urgencia.
Nunca como ahora hemos sentido que el bienestar social, la competitividad de las empresas, el acceso a un empleo digno o la asunción de las responsabilidades propias de la ciudadanía dependen de la capacidad de aprender de las personas. Nunca como ahora hemos vivido la amenaza de confundir la educación con la instrucción, los valores con la superstición, el negocio con el servicio público, o la capacidad de responder a disrupciones impuestas con la soberanía de preguntarnos por el destino que esperamos. |