La Universidad de hoja de lata

Biblioteca Nacional

Averiguar dónde está, pero sobre todo, dónde quiere estar la Universidad se ha convertido en una urgencia. Nunca como ahora hemos sentido que el bienestar social, la competitividad de las empresas, el acceso a un empleo digno o la asunción de las responsabilidades propias de la ciudadanía dependen de la capacidad de aprender de las personas

ALFONSO GONZÁLEZ HERMOSO DE MENDOZA


En un momento en el que se cuestionan de manera abierta los valores de la democracia, en el que desde una ignorancia arrogante se construyen realidades que circulan a mayor velocidad que las constantes de la ciencia, en el que los nacionalismos desconocen la fraternidad, en el que los triunfadores miran con condescendencia, cuando no con desprecio, a los que fueron sus semejantes, en el que la tecnología sirve sin escrúpulos a la concentración del lucro y al control social. En un momento en el que los ignorados extienden su dolor desde el rencor populista poniéndose en manos de políticos amorales; hoy, es razonable preguntarse, ¿dónde está la Universidad?

La Universidad con mayúsculas. La institución que en los dos últimos siglos aplanó la pirámide social como nunca antes había sucedido, que trabó intereses públicos y privados para crear el conocimiento que mejoraría las condiciones y la esperanza de vida hasta límites impensables en generaciones anteriores, que anidó y expandió el feminismo y la responsabilidad ecosocial, que construyó una cultura de paz cosmopolita, que en definitiva defendió y extendió los valores que configuran la dignidad humana. Una Universidad que creyó como ninguna otra institución en la capacidad emancipadora de la educación y en la convivialidad. Una Universidad que ilusionaba al mundo.

Averiguar dónde está, pero sobre todo, dónde quiere estar la Universidad se ha convertido en una urgencia. Nunca como ahora hemos sentido que el bienestar social, la competitividad de las empresas, el acceso a un empleo digno o la asunción de las responsabilidades propias de la ciudadanía dependen de la capacidad de aprender de las personas. Nunca como ahora hemos vivido la amenaza de confundir la educación con la instrucción, los valores con la superstición, el negocio con el servicio público, o la capacidad de responder a disrupciones impuestas con la soberanía de preguntarnos por el destino que esperamos.

la plataformización de la educación, la precarización del profesorado, la meritocracia replicativa, el cosmopolitismo desarraigado, el colonialismo digital o el sesgo insensible del solucionismo tecnológico legitiman la inevitabilidad de la segregación

Sin duda ninguna institución ha tenido un papel tan determinante como la Universidad en hacer evidente que las desigualdades en el acceso al aprendizaje están destruyendo la convivencia, que la plataformización de la educación, la precarización del profesorado, la meritocracia replicativa, el cosmopolitismo desarraigado, el colonialismo digital o el sesgo insensible del solucionismo tecnológico legitiman la inevitabilidad de la segregación. El papel de la Universidad impulsando una transición ecosocial justa es indiscutible e insustituible.

Sin embargo los criterios de autoridad y legitimidad, la capacidad de atraer la atención de las personas y los ámbitos de poder real han cambiado en las últimas décadas cuestionando la función de la Universidad. Todo lo que sucede se ha vuelto inevitable. Las prisas premeditadas impiden reflexionar sobre el impacto social de los negocios. El éxito se mide en la capacidad de adaptación, por perversas que sean las nuevas realidades impuestas por el determinismo tecnológico y el beneficio económico sin virtud.

En este escenario los sutiles diagnósticos académicos, por certeros que pudieran parecernos, se perciben para la mayoría como distantes, cuando no como una agresión para los que se sienten urgidos y excluidos. Desde una posición jerárquica la Universidad cada vez tiene más difícil conseguir la aceptación de los hechos que construye, y en consecuencia una respuesta social y política. Cada vez está más aislada.

Los nuevos actores globales, políticos y económicos, con recursos casi ilimitados, organizaciones más eficientes y objetivos precisos y amorales, se muestran ávidos de nuevos mercados, como lo es el aprendizaje a lo largo de vida, inquietos por desactivar instituciones que cuestionen sus preguntas y avariciosos a la hora de monopolizar el conocimiento científico-tecnológico sobre el que soportan su dominio.

El día a día nos muestra una competencia desigual, silenciada e inclemente en la construcción del relato civilizatorio. Frente a los nuevos actores globales sin el cuidado y el reconocimiento de las comunidades a las que sirven las universidades están condenadas a la irrelevancia. Y con ellas, presumiblemente, los estados democráticos.

El comportamiento interno de las universidades, en especial desde la crisis del 2008, también ha contribuido al deterioro actual de su situación. Basta ver cómo ha arraigado el culto a los rankings y las vanidades nacionalistas que traen consigo, unido en no pocas ocasiones al abandono por lo local. Por no hablar de la autoinmunidad que ha generado el debate sobre la cancelación, o de los silencios, cuando no complicidad, ante la creación interesada de incertidumbre, así como ante la ebullición de las realidades alternativas impulsadas por los populismos.

Sin que por otra parte podamos olvidar el desinterés de los responsables institucionales ante la precariedad que sufre el personal docente e investigadores, así como por el deterioro del servicio al estudiantado. De igual manera merece la pena recordarse el retardismo de sus directivos frente a las amenazas a la autonomía universitarias.

Con frecuencia la imagen que llega a la sociedad de la Universidad es la de una organización ensimismada, consumida en debates internos. En donde un individualismo exacerbado, unido a una manifiesta apatía, tiende a desvincular el futuro personal del profesorado, e incluso del estudiantado, del de la institución en que enseñan y aprenden

Con frecuencia la imagen que llega a la sociedad de la Universidad es la de una organización ensimismada, consumida en debates internos. En donde un individualismo exacerbado, unido a una manifiesta apatía, tiende a desvincular el futuro personal del profesorado, e incluso del estudiantado, del de la institución en que enseñan y aprenden.

Ante esta situación reivindicar el papel de la Universidad y su condición de punta de lanza en una transición justa se ha convertido en una cuestión de patriotismo. Si podemos tener una certeza es que sin el impulso de la Universidad difícilmente podremos salir de la cultura de lo inevitable. La calidad democrática está directamente unida a la autonomía universitaria a través de la libertad académica. Libertad para construir comunidad desde los valores democráticos. Allí donde triunfa el iliberalismo su primera víctima es la autonomía universitaria, bien por asedio económico y reputacional, bien por asalto regulatorio.

La sociedad del aprendizaje demanda un cambio cultural en el que aprender sea asumido como una responsabilidad social más allá de lo individual, como lo es la salud o el respeto al medio ambiente. No hay cambio social sin cambio en las personas, por lo que no podemos hablar de una transición justa que no priorice el acceso equitativo de las personas al conocimiento.

Allí donde triunfa el iliberalismo su primera víctima es la autonomía universitaria, bien por asedio económico y reputacional, bien por asalto regulatorio

Alcanzar una sociedad ecosocialmente sostenible reclama políticas públicas que garanticen la equidad y la calidad en el acceso al conocimiento, así como instituciones públicas que den soporte a los ciudadanos, en especial a aquellos más desfavorecidos. En definitiva, se trataría de hacer efectivo el derecho fundamental a la educación interpretado conforme a la realidad social del tiempo que vivimos, esto es; como un derecho colectivo a aprender a lo largo de la vida.

La respuesta a qué función corresponde a la Universidad en una transición justa a una sociedad del aprendizaje democrática sólo puede venir dada desde un nuevo pacto con la sociedad. Un pacto que sitúe a la Universidad en el centro de la sociedad, y el aprendizaje en el centro de la vida. Un pacto entre los que saben y los que no, bajo el principio democrático de “nada sobre nosotros sin nosotros”.

En la compleja y mercantilizada realidad global la relevancia de la universidad depende de su capacidad para víncularse con sus comunidades. De su compromiso con los problemas del mundo, de su esfuerzo por abrir el saber. En definitiva, de su capacidad para diferenciarse y generar confianza y esperanza en su comunidad. Sabemos que nada puede ser igual que fue. Necesitamos recuperar el sentido de la Universidad, salir de la atonía interna y la indiferencia social que conducen a la irrelevancia.

Como nos recuerda el Mago de Oz “Un corazón no se juzga por lo mucho que tú ames, sino por lo mucho que te amen los demás”.


El texto integro de este artículo puede leerse en la revista Galde https://www.galde.eu/es/la-universidad-de-hojalata/

ALFONSO GONZÁLEZ HERMOSO DE MENDOZA

Presidente de Espacios de educación superior

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Espacios de Educación Superior está dirigido a poner en contacto a las personas e instituciones interesadas en la sociedad del aprendizaje en Iberoamérica y España.