De la promesa de la sociedad del conocimiento a la sociedad del control

Museo Kelvingrove. Glasgow, Reino Unido AGHM

Si bien no cabe duda de que las universidades han realizado un esfuerzo considerable ante la pandemia hacia lo que se denomina “Universidad Digital”, es imprescindible recordar que esta transformación debe hacerse respetando dos valores íntimamente relacionados, consistentes el primero de ellos en la independencia tecnológica y el segundo en los derechos de privacidad tanto de los cuerpos docentes como del estudiantado.

JAVIER DE LA CUEVA


Amparados bajo la máscara descrita por Arthur C. Clarke de que “cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”, llegaron los nuevos salvadores que iban a revolucionar la educación y, por fin, nos liberarían de nuestros viejos problemas. Nos vuelven a decir que, por fin, aprender se logrará sin ningún esfuerzo, esta vez gracias a las Tecnologías de la Información y de la Comunicación (TIC).

En 2001, Mark Prensky acuñó el término “nativo digital” en dos artículos académicos,  diferenciando a dicho espécimen del “inmigrante digital”(1). Al contrario de quienes nacimos en un mundo donde los ordenadores todavía no eran omnipresentes, tales nativos digitales constituían un nuevo modelo de personas dotadas de poderes especiales, estaban acostumbradas a recibir información de una manera muy rápida, eran capaces de procesarla sin dificultad y ejecutaban tareas en paralelo (multitareas). Según las tesis de este autor, existía un novedoso modelo cognitivo que requería un nuevo modelo de educación. Dicho modelo, por supuesto, se producía en el entorno y necesitaba del apoyo de las conocidas todavía en esos momentos como “nuevas tecnologías”.

Se identificó desde entonces que el mantener pizarras con tiza, aulas sin proyectores y centros educativos sin espacios virtuales era una señal de mala calidad docente. La enseñanza caminaba paralela a la ostentación de estar a la última en productos tecnológicos. Como los nuevos ricos, la posesión de un coche de alta gama se identificó con la excelencia profesional de una iglesia que tenía sus sacerdotes: quien no fuera seguidor de Bill Gates y de Steve Jobs era un apóstata. Poca diferencia había entre los estudios serios que apoyaban estas doctrinas de los informes de las compañías de marketing. El futuro era prometedor.

De nada valía afirmar que era imposible que el cerebro humano hubiera adquirido milagrosas capacidades por la simple exposición a tecnologías novedosas, ni tampoco que ya Platón en el Fedro había hecho a sus personajes tratar el problema de la memoria y de la escritura (2). Señalar que el Powerpoint era (y sigue siendo) un enemigo de la enseñanza de aquellas disciplinas donde lo conceptual es lo relevante suponía una herejía, por mucho que se razonara que una parte del aprendizaje consiste en estructurar la información objeto de estudio y que, si dicha información ya se entrega estructurada al alumnado, hay un ejercicio de aprendizaje que se le está hurtando. Si ya todo está en Google, se dice, hay que estudiar de forma diferente, como si los nativos digitales hubieran venido al mundo con una taxonomía de términos de búsqueda implantada en sus cerebros, además de la discutida gramática innata chomskiana, y no tuvieran ni siquiera que aprender las categorías básicas del saber.

Nueve años después de los artículos en los que distinguió los nativos de los inmigrantes digitales (3), Prensky publicó un nuevo texto en el que se retractaba de su anterior distinción pues tal diferencia, según él, había devenido menos relevante, sugiriendo que para el futuro pensáramos en otra característica de los seres humanos, esta vez en la “digital wisdom”, la sabiduría digital. En definitiva, era un reconocimiento de que los nativos digitales no existen. Tampoco existieron nunca, añado, los nativos de las grafemas o de la imprenta. 

De aquella inicial promesa de la sociedad del conocimiento, la realidad nos demostró que lo implantado finalmente ha sido la sociedad del control, donde cualquier crítica contra la tecnología se tilda como ludismo o como atraso.

El daño, no obstante, ya estaba hecho pues sirvió de yesca tanto para vacuos proyectos de innovación docente, eso sí, con buen peso en los sistemas de acreditación del profesorado, como para potenciar la venta de tecnología de dudosa utilidad para aprender a pensar. De aquella inicial promesa de la sociedad del conocimiento, la realidad nos demostró que lo implantado finalmente ha sido la sociedad del control, donde cualquier crítica contra la tecnología se tilda como ludismo o como atraso.

Si la cancamusa tecnológica afecta a la sociedad en general, una muy apetecible víctima particular es la comunidad universitaria debido a los números en juego. Los últimos datos públicamente accesibles (4) señalan que en España existen 82 universidades (50 públicas y 32 privadas), en las que se matricularon durante el curso académico 2017-2018 un total de 1.100.205 personas en universidades públicas. En el ejercicio 2017, las universidades públicas tuvieron unos  ingresos de 9.397 millones de euros, unos gastos de 9.206 millones de euros y destinaron a las TIC, también según los últimos datos accesibles, un 3% del presupuesto total (5).

Si bien no cabe duda de que las universidades españolas han realizado un esfuerzo considerable ante la pandemia, tampoco cabe duda de la buena fe que les guía en su proyecto de desarrollo tecnológico hacia lo que se denomina “Universidad Digital”. Dicho novedoso tipo de universidad sería aquella capaz tanto de “participar en un mercado cada vez más competitivo en la atracción de estudiantes, personal y los recursos que se necesitan para desarrollar las funciones de educación, investigación e innovación y transferencia [de conocimiento a la sociedad]” como de “afrontar importantes cambios para responder a retos como el cambio climático, los objetivos de sostenibilidad a nivel mundial o las crisis sanitarias”(6). No obstante, sería interesante que en dichos estudios se destacasen de manera precisa dos valores adicionales íntimamente relacionados, consistentes el primero de ellos en la independencia tecnológica y el segundo en los derechos de privacidad tanto de los cuerpos docentes como del estudiantado.

El primero de los valores consistiría en la implantación de infraestructuras independientes, evitando la dependencia de plataformas de empresas tales como Google, Microsoft o cualquier otra multinacional tecnológica quienes, en su condición de proveedores estratégicos y en la línea de los vendedores de droga que regalan sus primeras dosis hasta que el cliente está enganchado, pueden acabar implantando condiciones indeseadas.

la infraestructura implantada conlleva un efecto indeseado: la monitorización de los cuerpos docentes y estudiantiles, ejercitándose un control que, por muy legal que sea, no existía de hecho antes de la implantación de las TIC, monitorización que afecta a la privacidad de ambos grupos y, además, a la libertad de cátedra del personal docente.

El segundo de los valores, la privacidad de las personas que integran la comunidad universitaria, se deriva de la dependencia tecnológica. Los servicios que prestan los proveedores de servicios implican un conocimiento perfecto del contenido de la información compartida por la comunidad universitaria: correo electrónico, repositorio documental y conexiones en línea. Alguien argumentará que tal conocimiento estratégico no comprende contenido alguno, por lo que no existiría ningún problema. En contra de este argumento, es obvio que la prestación del servicio implica el conocimiento de los metadatos del intercambio de información, lo que es relevante por sí mismo para invadir la privacidad, según jurisprudencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea. De esta manera, la infraestructura implantada conlleva un efecto indeseado: la monitorización de los cuerpos docentes y estudiantiles, ejercitándose un control que, por muy legal que sea, no existía de hecho antes de la implantación de las TIC, monitorización que afecta a la privacidad de ambos grupos y, además, a la libertad de cátedra del personal docente.

Si a alguien le corresponde tener espíritu crítico e implantar el rigor y la precaución en un contexto especialmente fértil para la venta de humo es a la universidad. Por ello, sería conveniente estudiar detenidamente el actual estado e implantar infraestructuras plenamente respetuosas con los derechos fundamentales del profesorado y del estudiantado, minimizando los riesgos de la invasión en la libertad de cátedra y en la privacidad. Es cierto que esta labor no puede desarrollarse a corto plazo, pero cuanto antes se comience menos costará corregir la infraestructura en el futuro. Si la Unión Europea a través de la “Ethics guidelines for trustworthy AI” ha integrado los valores en los proyectos de inteligencia artificial, con más razón se deberán tener en cuenta cuando simplemente se trate de dotar de servicios a la comunidad universitaria.

1 Prensky, Marc (2001), “Digital Natives, Digital Immigrants. Part I”. On the Horizon. Vol. 9. N. 5. y Prensky, Marc (2001). “Digital Natives Digital Immigrants. Part 1”. On the Horizon Vol. 9. N. 5. y Prensky, Marc (2001), “Digital Natives, Digital Immigrants. Part II”. On the Horizon, Vol. 9 n.º 6.

2 Platón, Fedro, 274e – 275d.

3 Prensky, Marc (2009), “H. Sapiens Digital: From Digital Immigrants and Digital Natives to Digital Wisdom”. Innovate: Journal of Online Education, Vol. 5, Issue 3, Article 1.

4 CRUE Universidades Españolas (2020), La Universidad Española en Cifras. Año 2017 y curso académico 2017/2018. Accesible en https://www.crue.org/wp-content/uploads/2020/02/UEC-1718_FINAL_DIGITAL.pdf

5 CRUE Universidades españolas TIC, (2020), Análisis de la madurez de las universidades españolas. Accesible en https://tic.crue.org/publicaciones/universitic-2020/

6 Fernández, Antonio; Llorens, Faraón; Céspedes, José J. y Rubio, Tona (2021), Modelo de Universidad Digital (abril 2021). Cátedra de Transformación Digital de la Universidad de Alicante-Banco Santander, 2021. Accesible en https://rua.ua.es/dspace/bitstream/10045/116047/1/mUd-2021-navegable.pdf


JAVIER DE LA CUEVA es Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid. Trabaja como abogado y como docente en la Universidad Complutense de Madrid y en el Instituto de Empresa

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Twitter @jdelacueva

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