Docencia universitaria: eso que estorba entre paper y paper

La estructura de incentivos académicos está claramente sesgada en contra de la docencia

Real Academia AGHM

Impartir una docencia de calidad exige tiempo y esfuerzo, y eso genera estrés cuando el profesor sabe que su futuro depende de otros factores. Diseñar tareas desafiantes, corregir con detalle, ofrecer feedback individualizado y debatir con los estudiantes son prácticas propias de un buen docente, pero consumen muchas horas. Este tipo de interacción significativa no se logra con test rápidos ni ejercicios superficiales, fórmulas a las que muchos recurren para sobrevivir en un sistema que se parece más a una fábrica industrial que a una boutique de educación personalizada

AMALIO REY



Hay una frase que circula por los campus universitarios: ganar el premio al mejor docente puede ser el beso de la muerte para una carrera académica. ¿Por qué? Porque en muchas universidades, destacar como docente despierta suspicacias entre colegas, que lo interpretan como una distracción de la investigación y una complacencia con el alumnado. Eso, en términos de carrera, penaliza. Y revela hasta qué punto se han torcido las prioridades en una institución que se dice educativa.


El problema es profundo y tiene consecuencias. Suponer que todo el mundo es autodidacta y que podrá aprender lo necesario en una plataforma online sin apoyo docente es, como poco, ingenuo. Y como mucho, clasista. Es olvidar que no todos parten del mismo punto, ni cuentan con los mismos recursos o habilidades. Necesitamos buenos profesores no solo para explicar, sino para inspirar, desafiar y orientar. William Deresiewicz lo expresa con claridad: «Si quieres tener una buena educación, necesitas buenos profesores. Son quienes ayudan a descubrir pasiones y a sacar cosas de dentro que uno no sabía que tenía»1.

Sin embargo, la realidad universitaria está muy lejos de ese ideal. Es un secreto a voces en el ámbito académico: la docencia se relega a un papel secundario, casi molesto. Muchos profesores prefieren investigar y enseñar sobre lo que investigan, viendo la enseñanza como una carga que los distrae de su verdadero objetivo. Deresiewicz —y yo lo confirmo, tras años como profesor universitario— advierte que la estructura de incentivos académicos está claramente sesgada en contra de la docencia. El progreso profesional (conseguir una plaza, obtener prestigio o ascender) depende casi exclusivamente de la investigación.

¿El resultado? Currículos fragmentados, desconectados, inflados de intereses personales más que pedagógicos

Enseñar bien, acompañar a los alumnos, diseñar experiencias de aprendizaje valiosas, cuenta poco o nada. Por eso, la verdadera prioridad de muchos profesores titulares está en sus pares y en los estudiantes de posgrado, donde se cuecen los artículos que alimentan su reputación.

Impartir una docencia de calidad exige tiempo y esfuerzo, y eso genera estrés cuando el profesor sabe que su futuro depende de otros factores. Diseñar tareas desafiantes, corregir con detalle, ofrecer feedback individualizado y debatir con los estudiantes son prácticas propias de un buen docente, pero consumen muchas horas. Este tipo de interacción significativa no se logra con test rápidos ni ejercicios superficiales, fórmulas a las que muchos recurren para sobrevivir en un sistema que se parece más a una fábrica industrial que a una boutique de educación personalizada.

En las universidades de élite, donde la presión por investigar es aún mayor, ese desequilibrio se acentúa. Deresiewicz sostiene que allí se ha instaurado un pacto de no agresión entre profesores y estudiantes: «yo no te exijo demasiado, tú no me haces perder el tiempo». Cada cual a lo suyo. Él o ella a sus papers, tú a tus apuntes, y que todo fluya con la menor fricción posible. ¿Exagerado? No tanto. Es un pacto tácito que muchos reconocerán.

se ha instaurado un pacto de no agresión entre profesores y estudiantes: «yo no te exijo demasiado, tú no me haces perder el tiempo»

El periodista Fareed Zakaria refuerza el diagnóstico, añadiendo un agravante: incluso los planes de estudio se modifican para satisfacer las expectativas investigadoras. Para los profesores, resulta más cómodo impartir seminarios sobre sus intereses —por irrelevantes que sean para los alumnos— que encargarse de cursos esenciales para una formación integral. ¿El resultado? Currículos fragmentados, desconectados, inflados de intereses personales más que pedagógicos.


¿Cómo cambiar esto? Es necesario redefinir la misión académica y el papel de la docencia. Y recuperar una noción que parece pasada de moda: la vocación. La enseñanza no es un estorbo, ni un trámite. Es parte esencial de la misión universitaria. Pero para que eso se note, hay que ponerlo por escrito en los mecanismos de selección, promoción y evaluación. Hay que buscar señales de vocación docente en quienes aspiran a enseñar, y premiar el compromiso real con la formación de los alumnos.

También urge revisar qué entendemos por «reputación académica». Hoy está casi monopolizada por el impacto investigador, los índices de citación y el nombre de la revista. Pero ¿qué pasa con el impacto docente? ¿Quién mide la capacidad de inspirar, de hacer pensar, de acompañar procesos de transformación intelectual? Además, la pedagogía universitaria necesita una sacudida. La mayoría del profesorado nunca ha recibido una formación específica de calidad (y actualizada) para enseñar. Se da por hecho que saber mucho de algo basta para transmitirlo bien, y no es así.
1 William Deresiewicz: «Excellent Sheep: The miseducation of the american elite». Free Press. 2014.


«Cómo impulsar la inteligencia colectiva»


AMALIO REY

Consultor de innovación, facilitador de procesos colectivos y bloguero

Espacios de Educación Superior está dirigido a poner en contacto a las personas e instituciones interesadas en la sociedad del aprendizaje en Iberoamérica y España.