Educar en simpatía

Trinity College Dublin. AGHM

Conviene que distingamos entre lo que es «convivir» y lo que es «coexistir»[1] Convivir significa vivir conjuntamente construyendo algo en común propiciado por las relaciones mutuas de «empatía» y «simpatía», esto es, reconociendo en el otro un igual a uno mismo y, por tanto, dispensando al otro igual trato que uno reclama para sí. Coexistir, en cambio, significa vivir de modo que lo que se construye conjuntamente con otros individuos sólo le afecta e incumbe a uno en función de los intereses propios, de tal modo que el otro resulta un extraño y prima, por tanto, la «apatía» o, incluso, la «antipatía».

RAFAEL V. ORDEN JIMÉNEZ


La Ley de Convivencia Universitaria y el Rol Vital de las Defensorías

La reciente Ley 3/2022, de 24 de febrero, de Convivencia Universitaria atiende a tres fines fundamentales, primero, fijar el régimen disciplinario del estudiantado (Título II), segundo, promover en las universidades la elaboración de unas normas que enriquezcan la convivencia en el seno de la comunidad universitaria y, tercero, incentivar los medios alternativos al régimen disciplinario para solucionar conflictos entre sus miembros en faltas que no sean muy graves (Título Preliminar). La Ley contempla también la instauración de una Comisión de Convivencia que administre la mediación como forma de solucionar conflictos y que vele por el cumplimiento de dichas normas de convivencia (Título I).

Con anterioridad a esta Ley, las defensorías universitarias veníamos desempeñando un papel fundamental en favor de la convivencia y la resolución alternativa de conflictos en las universidades. Esta labor quedó sancionada en el Estatuto del Estudiante (Real Decreto 1791/2010, de 31 de diciembre), que estipuló que ellas podían «asumir tareas de mediación, conciliación y buenos oficios, conforme a lo establecido en los estatutos de las universidades y en sus disposiciones de desarrollo, promoviendo especialmente la convivencia, la cultura de la ética, la corresponsabilidad y las buenas prácticas» (art. 46.2). La reciente Ley 2/2023, de 22 de marzo del Sistema Universitario recoge y refuerza esta labor al introducir tales labores como funciones que puede desarrollar una Defensoría Universitaria(artículo 43.2).

Las defensorías universitarias gestionamos en las universidades no sólo muchos problemas que afectan a la comunidad universitaria, sino también muy variados, desde lo que atañe a los derechos de un estudiante en la negativa de concesión de una beca, a las dificultades para lograr la conciliación familiar en el ámbito laboral o a cuestiones sobre complementos retributivos del profesorado no permanente. Hasta la petición de amparo por la falta de iluminación en una calle del campus universitario puede llegar a nuestros buzones electrónicos. Somos, en cierta medida, el «termómetro» que mide la temperatura del «cuerpo universitario».

Las defensorías universitarias gestionamos muchos problemas y muy variados, desde lo que atañe a los derechos de un estudiante en la negativa de concesión de una beca, a las dificultades para lograr la conciliación familiar, etc.

Desafíos en la Era Digital y la Distancia Interpersonal

Pues bien, una serie de problemas que están llegando a esos buzones se refieren a la falta de un trato respetuoso entre los miembros de la comunidad universitaria. Si bien son muchos los elementos que generan y facilitan esta situación y sin pretender simplificar en exceso el análisis del problema, uno de ellos podría ser la distancia interpersonal en la comunicación que caracteriza las actuales formas electrónicas de comunicación, desde el correo electrónico y chats hasta las redes sociales, así como la fácil accesibilidad a ellas.

Por ejemplo, hay quienes resuelven un enfado enviando inmediatamente un correo electrónico plagado de improperios y humillaciones, aprovechando la distancia con la persona a la que se orienta la propia hostilidad, logrando con ello en el mayor de los casos, únicamente, un desahogo, y sin recaer en el daño que este comportamiento puede causar. Tales fenómenos son indicio de un problema efectivo de cohesión social y, por tanto, de convivencia.

Conviene que distingamos entre lo que es «convivir» y lo que es «coexistir»[1] Convivir significa vivir conjuntamente construyendo algo en común propiciado por las relaciones mutuas de «empatía» y «simpatía», esto es, reconociendo en el otro un igual a uno mismo y, por tanto, dispensando al otro igual trato que uno reclama para sí. Coexistir, en cambio, significa vivir de modo que lo que se construye conjuntamente con otros individuos sólo le afecta e incumbe a uno en función de los intereses propios, de tal modo que el otro resulta un extraño y prima, por tanto, la «apatía» o, incluso, la «antipatía».

una serie de problemas que están llegando a esos buzones se refieren a la falta de un trato respetuoso entre los miembros de la comunidad universitaria

Podría señalarse, en tal caso, que, actualmente, estamos comprobando una primacía creciente de la apatía en las relaciones sociales, de la coexistencia, sobre la empatía, la convivencia. Del concepto de vecindario que tenían nuestros abuelos, basado en la convivencia, hemos pasado a uno en el que prima la mera coexistencia entre vecinos.

Entre la Coexistencia Legal y la Convivencia Moral

Kant desconfiaba en ocasiones del optimismo ilustrado del progreso permanente de la humanidad, pues temía que los seres humanos fuésemos cada vez más legales, pero no más morales, esto es, que cumpliésemos con mayor rigor las leyes por el miedo al castigo por su incumplimiento, pero no que fuésemos a enriquecer nuestras relaciones entre individuos constituyendo una efectiva convivencia humana basada en la moralidad. Trasladada esta reflexión a nuestro debate, cabría decir que nuestra sociedad está experimentando una creciente coexistencia legal, pero constatando, a la vez, el debilitamiento de la convivencia moral.

Esto significa que nos podríamos estar dirigiendo a una sociedad de individuos coexistentes, pero de personas cada vez menos convivientes. Ahora bien, los conflictos que surgen en una sociedad coexistente sólo parecen poderse resolver mediante el castigo y el miedo al mismo, el que impone la ley a través de las fuerzas del orden y el sistema de justicia, no así mediante la comprensión, la tolerancia y el diálogo. Y cuando aludimos a vivir en una sociedad democrática, no nos solemos referir únicamente al procedimiento por el que se elige el gobierno, sino también por otros rasgos referidos a la relación entre las personas como la del respeto a la diferencia, la solución pacífica de los conflictos, etc.

nos podríamos estar dirigiendo a una sociedad de individuos coexistentes, pero de personas cada vez menos convivientes

Una idea que puede contribuir a ilustrar lo que está sucediendo podríamos encontrarla también en Kant: para él, la «insociable sociabilidad» es el principio de la construcción social. Este principio actúa, de modo muy particular, en el caso de una sociedad de régimen liberal en lo económico y democrático en lo político. Según él, los seres humanos somos egoístas, «insociables», y es conveniente incentivar el egoísmo, en el que se asienta la competencia, para garantizar el progreso económico de la humanidad, al que se asocia el bienestar. El egoísmo es el motor de nuestro sistema económico. Ahora bien, ese egoísmo es infructuoso si las personas no satisfacen sus respectivos egoísmos en común y construyendo comunidad, que es de donde emergería la «sociabilidad». Esto se corresponde con la dimensión socio-política.

Madrid. AGHM

La Formación Social en Crisis

La formación del niño y joven en los principios de la sociabilidad venían dados, hasta ahora, fundamentalmente, por tres elementos, la familia, el círculo de amistades y la instrucción pública. La primera es una institución que, por distintos motivos, se ha ido debilitando como configuradora y transmisora de la sociabilidad. No obstante, a lo largo del siglo XX esto no pareció preocupante porque se pensó que la instrucción pública suplía esa carencia formativa.

Esta instrucción pública, tal y como la concebimos actualmente, fue diseñada, en gran medida, en el siglo XIX, bajo diversos principios de los ilustrados que se están desvelando erróneos; uno de ellos consistió en considerar que, a más ciencia, mejor convivencia. Bajo otro supuesto de vieja tradición filosófica, el «intelectualismo moral socrático», que venía a suponer que nadie hace el mal por ignorancia y que, por tanto, las personas sabias serían, necesariamente, buenas, se dio en suponer que la racionalidad, el conocimiento, llevaría a las personas a una convivencia pacífica en ese estado democrático, resolviendo sus problemas a través del diálogo racional.

Fue por esto que los planes de estudio se compusieron a partir de la enseñanza de distintas «ciencias», unas enfocadas a la dimensión económica, que solían ser las ciencias que denominaron «útiles» como matemáticas, física o botánica, dada su aportación al avance tecnológico, y otras orientadas a las relaciones sociales, como filosofía, ética y derecho.

La formación del niño y joven en los principios de la sociabilidad venían dados, hasta ahora, por tres elementos, la familia, el círculo de amistades y la instrucción pública

Pero, como ya advirtió Schopenhauer, muy contrario a esta tradición ilustrada, la voluntad de la persona y, en particular, lo que es el hábito de comportamiento, en la que se funda la relación con los otros, no se forma mediante la racionalidad. Su propuesta era que el principio fundamental para generar hábitos era la ejemplaridad. De ser así, la educación social no debería basarse tanto en la instrucción cuanto en la imitación.

Más Allá de la Racionalidad y la Influencia de las Redes Sociales

No se trata de reducir la formación de la persona a la imitación, pero sí de tener presente que la racionalidad no es el elemento primero ni primordial cuando lo que pretendemos es, en primer lugar, formar socialmente a personas y no tanto a meros individuos. La instrucción pública del siglo XIX apenas consideró la importancia de educar no sólo en conocimiento, sino también en actitudes, sentimientos, voluntad, etc., tal y como algunos pedagogos infantiles de la época venían reclamando y entre los que habría que incluir a nuestros krausistas, fundadores de la Institución Libre de Enseñanza y el Museo Pedagógico.

El erróneo diseño de la instrucción pública se ha puesto claramente de manifestó en el siglo XXI por la introducción de un nuevo ingrediente que ofrece modelos a imitar y, por tanto, se ha convertido en un elemento formativo fundamental, que son las redes sociales, el cual está, prácticamente, fuera del control de las familias y del Estado. El mismo tercer elemento formativo arriba mencionado, el de la amistad entre niños y jóvenes, se está cimentando actualmente en relaciones mediadas por las redes sociales: la amistad compartida se hace a partir de los modelos ofrecidos por ellas.

estas redes sociales están sometidas no a un principio socio-político, sino a uno económico, esto es, atienden a los intereses privados de sus diseñadores, gestores y alimentadores de contenidos; ellos, por tanto, forman sin pretender educar

Ahora bien, estas redes sociales están sometidas no a un principio socio-político, sino a uno económico, esto es, atienden a los intereses privados de sus diseñadores, gestores y alimentadores de contenidos; ellos, por tanto, forman sin pretender educar. Y estas redes promocionan hoy en día, fundamentalmente, la individualidad, podríamos decir, el «egotismo», con lo que se incentiva la coexistencia y se desplaza la convivencia. Pero así difícilmente se puede construir una sociedad democrática en la que el respeto no tenga que venir impuesto siempre por la ley, sino que se adquiera como un hábito de comportamiento.

Educación para la Convivencia

Por ello consideramos preciso plantearse la necesidad de que nuestro sistema de instrucción pública contemple una efectiva formación en convivencia, que no sólo se oriente a la parte racional, sino también a la emocional y volitiva de la persona, que es la que desarrolla la empatía y simpatía. No se trata de enseñar la disciplina de psicología, sino de educar el comportamiento. Y se trata, por tanto, no de instruir en conceptos democráticos, sino de formar en hábitos democráticos.

A ello podemos contribuir, ciertamente, las universidades en cuanto que somos centros de formación, y estamos, efectivamente, implicadas en ello, pero debe tenerse en cuenta que la convivencia es un hábito que se adquiere, ante todo, en la infancia y primera juventud, que es donde debe centrarse la instrucción pública para formar en convivencia y generar convivencia.

Sólo esto, además, puede contribuir a que la mediación, que consiste en un diálogo entre las partes afectadas facilitado por un tercero neutral, sea un mecanismo efectivo de resolución de conflictos. No es tanto la mediación la que promueve la convivencia, cuanto que es la convivencia la que posibilita la mediación. Las personas que coexisten prefieren el tribunal; las que conviven, optan por el diálogo.


RAFAEL V. ORDEN JIMÉNEZ

Defensor Universitario Universidad Complutense de Madrid


[1] Véase para esta diferencia la presentación del Prof. Carlos Giménez en el enlace: https://www.participacionsocial.org/ARCHIVO/documentos/barrio_Ponencia_Carlos_Gimenez.pdf

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